Hace unos días, mientras estaba en una casa del barrio La Chacra, pensaba en este libro. Lo hacía pensando en el dolor de la gente, en cómo se vive en zonas marginales alejadas del progreso del que se jactan los gobiernos; en ese epicentro de la desigualdad del que algunos afortunados todavía logramos escapar, los que aún podemos narrar lo que sucede.
Pensaba en él al enterarme de un chico que se enfrentó a tiros con la Policía Nacional Civil. Terminó herido; pero sus heridas venían de antes: de una sociedad fragmentada, intolerante, irracional y cargada de odio.
Leerlo implica observar un panorama lleno de angustia dentro de la sociedad salvadoreña, esa de la que todos, sin querer, somos espectadores y, a veces, protagonistas de la incertidumbre. Nos preguntamos si mañana seguiremos vivos o si nuestros nombres terminarán formando parte de la estadística oficial de homicidios. Esto se evidencia en poemas como «La bala perdida», donde el azar juega siempre un papel en la cotidianidad y la muerte se carga sobre los hombros como una eterna compañera de viaje.
Hay un personaje que se vislumbra y se transforma a lo largo de El disparo, de Luis Borja. Se personifica llevando consigo la ira y la muerte como destino cotidiano; la bala que habita en la mirada de la «Jaina», en el verdadero rostro de la ciudad cuando cae la noche, en el pozo donde yacen los restos de las víctimas provocadas por las maras en el municipio de Turín, en el trayecto hacia el norte persiguiendo el sueño americano, en la silla de ruedas que termina convirtiéndose en un epitafio viviente de lo que alguna vez fue la vida. Prácticamente se desplaza a lo largo de todo el texto. A veces incluso se sugiere con una ternura demoledora.
¿No es acaso la muerte el destino final de todo hombre? Como en el poema «Y se querían», de Vicente Aleixandre, donde la esperanza de la eternidad atraviesa la historia poética. En este país, los recuerdos de los muertos se vuelven eternos; se les llora para siempre.
Las visiones pueden ser significativas siempre y cuando exista algo real que las justifique. Aunque el entorno tomado como referencia sea imaginario o no vivido, puede cobrar fuerza gracias a ese fragmento de realidad utilizado para transformar el poemario. Lo irreal solo funciona cuando sirve como puente expresivo para mostrar la realidad; es entonces cuando alcanza condiciones poéticas capaces de justificar la irracionalidad del poema.
El disparo: cuentos del barr(i)o posee una estructura sólida, con poemas edificados sobre planos imaginativos bien elaborados. Existe una constante irracional en cada pieza, que el lector podrá percibir incluso como cinematográfica. Todo ello aparece claramente definido mediante la yuxtaposición de planos imaginativos cargados de imágenes visionarias y, a veces, arriesgadas. Se percibe esa constante convivencia entre lo real y lo imaginario, ambos conduciendo siempre hacia un mismo punto: el símbolo como herramienta para modelar la realidad explorada en el libro.
Desde el inicio, el símbolo se emplea como un medio irracional. Va marcándose de manera constante hasta convertirse en una pauta para comprender versos y estrofas. Incluso podríamos atrevernos a pensar que se trata de un símbolo que atraviesa el libro entero, sin olvidar que todo radica en la mínima manifestación de la muerte: una bala.
La plasticidad de las imágenes se utiliza claramente como recurso para alcanzar un fin preciso: conmover al lector. No se concibe como un efecto inmediatista, sino como un medio para permanecer en la memoria y también en el imaginario de la nueva poesía salvadoreña.
Los elementos del libro construyen un discurso que lo vuelve universal. Se alimenta de la brutalidad de esta sociedad —como muchas otras marcadas por la desigualdad— que parece no tener memoria. Ya se han olvidado de la guerra, de la pobreza y, sobre todo, han terminado por normalizar esta enfermedad llamada violencia social. Se mata para sobrevivir y se huye para poder contar lo sucedido.
Dejaremos, pues, que Luis Borja dispare; que la detonación permanezca como una metáfora libre, desideologizada y despojada de esa bala que nos acostumbraron a ver en los telediarios.
Noé Lima
San Salvador, De la Nueva Era Violenta, cuatro de febrero de 2015.


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